La consolidada regresión creativa del actual cine comercial norteamericano está cavando una profunda sima a la que no se le ve, temporada tras temporada, el final del pozo. A fecha de hoy no hay manera de enderezar el rumbo por el camino del ingenio y la originalidad. Pasan los años, se suceden los rituales académicos de la entrega de los Oscars, y cuando toca repasar y hacer balance del material estrenado cuán difícil es encontrar atisbos de mejoría en una industria que salvo honrosas excepciones mira hacia atrás en busca de chispa e ideas.
La fórmula se repite invariablemente, como un tópico; y asumida. No hay mejor hallazgo que estirar al máximo el rendimiento de una franquicia o beneficiarse de la puesta al día de viejos o menos añejos filmes que cautivaron a los espectadores en el pasado. Sin olvidar, por supuesto, la manía o el negocio, según se mire, de acudir a los más prestigiosos caladeros europeos, es decir, cinematografías del viejo continente, francesas, italianas y, de un tiempo a esta parte, las nórdicas, en busca y captura de argumentos sólidos y rigurosos con los que aumentar la producción y añadir ¿prestigio? a sus propuestas.
Inclusive, en este patético ocaso de la baja forma de Hollywood, no es nada complicado toparse con extravagantes y discutibles tareas de insensata fagocitación. Me refiero a la mezquina fechoría de realizar remakes al precio que sea y caiga quién caiga. Política de tan dudoso gusto y gesto autoral discutible que conduce a cometer atropellos tan impunes como el sufrido (voluntariamente) por el cineasta de origen austríaco, Michael Haneke, que llamado por los americanos y convencido por cualquier ardid financiero rodó en suelo yanki su propia "copia certificada" de uno de sus cuentos más crueles y bárbaros, "Fanny Games", que clonó plano a plano.
Este no es más que uno de los muchos ejemplos que van a poblar las pantallas de los locales de proyección. Sin ir más lejos, la fábrica de sueños (¿o pesadillas?) hollywoodense, aunque con tintes "indies", ha seducido al personal con dos curiosas y atentas miradas hacia dramas provenientes del frío. "Hermanos" (Susanne Bier) y "Déjame entrar", homónimas de sus respectivos países escandinavos, han buscado, la primera en la paranoia de los celos y el vacío que produce la ausencia del ser querido, un planteamiento ideal para construir un relato de tensión electrizante, entre otras razones, por la ajustada elección del elenco actoral. La segunda, apañadita y convincente, crece en la utilización de los mecanismos del fantástico y confirma que su realizador, Matt Reeves no desvirtúa ni desfiguraba el trabajo de Tomas Alfredson.
Pequeños flecos, piezas distinguidas, que asumen su papel de "inspiradas en...", que sin aportar novedades a destacar, por lo menos, no ofenden. Y, a la espera de lo que pueda sugerir David Fincher con la saga Millennium, el producto interior bruto de la Meca del cine, en su vertiente más "feota", nos ha vuelto a bombardear con su flagelante cadena productiva a base de súper héroes ("Iron man"), chabacanos dislates ("Jackass 3"), eternos "Crepúsculos", el interminable mago "Harry Potter", diseños baldíos ("Furia de titanes", en 3D), gores de parvulario ("Saw"), musicales de chiste ("Fama") y vacuidades sin pedigrí ("El retrato de Dorian Gray" y "El hombre lobo"). "El equipo A" ha sido la serie televisiva versionada para la pantalla grande y, entre los remakes más psicóticos, "El teniente corrupto", de Werner Hergoz. Pero toda esta chatarra de derribo no es más que otro capítulo que anticipa lo que no va a llegar. Aunque siempre nos quedarán algún retal con que mirar hacia delante con ilusión.
