Uno de los pilares de 'Más allá de la vida' es un niño cuya intensidad, imán y autismo paradójicamente comunicativo, atraviesa la médula espinal del último y siempre redentor Clint Eastwood. La mirada infantil no siempre es mero elemento de ficción o actúa como activa figura para la empatía emocional. Los menores se han convertido en el diapasón de las taquillas, en el termómetro para estirar historias hasta la histeria. Una referencia destinada a convertirse en fórmula costumbrista y en factor de aparente unidad de cine familiar, e incluso en involuntario faro de un cine comercial.
Somos carne de saga y hace mucho tiempo que el cine más oficial, el pomposo y con brillantina, el made in Hollywood vive inoculado por el virus de la 'secuelitis'. El éxito se construye como un tetris, un mecano donde la mirada infantil y adolescente, la traslación del espectador de series de canal temático y factoría, de Disney a Clan, de Boing aNickelOdeon o Megatrix, han encontrado acomodo casi obligado en las carteleras de todo el mundo.
La planificación de los grandes estudios, las decisiones ante los proyectos y su viabilidad suele estar determinada por una especie de tiranía del (dis)gusto que marcan los pequeños sobradamente preparados para gozar de la pantalla sin distinción. En la mirada del niño/adolescente ya no cabe la lógica diferenciación de ficciones, ofertas y contenidos en función de los formatos. Del ordenador a la televisión y a la sala de cine, en un viaje de ida y vuelta, a modo de vasos comunicantes, se alimenta al espectador menudo que pide, más bien exige entretenimiento, espectacularidad y un cine 'pret à porter'.
Sin especulación, carente de riesgo alguno, los ingenieros de la cosa construyen artificios y fuegos artificiales, aplican hasta el límite la búsqueda y concepto del éxito prefabricado y su repetición. La taquilla es replicante y los efectos especiales del consumismo imponen su mecanismo de relojería para alimentar la febril demanda de películas de dibujos, comedias adolescentes y sagas y secuelas. 'Cómo entrenar a tu dragón' ('How to Train Your Dragon'), de Chris Sanders y Dean DeBlois; 'Alicia en el país de las maravillas' y 'Harry Potter y las reliquias de la muerte' han encontrado reflejo diverso entre las nominaciones de los Oscar. Más justificado es el caso de la inclusión de la estupenda 'Toy Story 3' de Lee Unkrich, como mejor película (no solo en animación).
El concepto de best seller literario, sujeto a unos parámetros diseñados al milímetro, ha empezado ser norma para los criterios de la producción cinematográfica. En este sentido el 3D ha pasado a encajarse con naturalidad en el sistema. De la novedad tecnológica se ha pasado al 'servicio de'. Una espectacularidad forzada, más allá del argumento, en busca de la fidelización de un espectador adolescente que determina el camino a seguir.
Del chupete a la palomita hay cada vez menos trecho. La media de edad del espectador mas consumista baja con celeridad. Una mirada infantil y juvenil que empuja a sus padres a acudir a la sala, que busca el efectismo inmediato y sin exigencia; que rivaliza con el amigo o el compañero de clase en quién ha visto tal título o tal otro, o incluso quién lo ha visionado antes. Y todo en un viaje sin transición entre el videojuego, la consola, el ordenador y en breve el propio móvil.
Al igual que sucede con la ropa, en una franja de edad posterior, en el cine adolescente domina un consumidor nato y sin perfil crítico consolidado. El juego manipulador manipulado ya está hecho. Desde el punto de vista sociológico o pesudocientífico lo apasionante ya no reside en averiguar en qué medida las películas influyen en los adolescentes, sino en calibrar el grado de impacto que niños y jóvenes ejercen a la hora de generar un cine comercial, de etiqueta y casi siempre de débil consistencia. Un cine industrial que prima y magnifica el lanzamiento, la película enlatada con fecha de caducidad, pero dispuesta a ser sustituida por otro artefacto similar, replicante, pero igual de funcional.
